Más allá de la Cortina Más allá de la Cortina

La babosa

Poeta y narrador. Profesor en la Universidad de Costa Rica. Ha publicado los poemarios Emigrar hacia la Nada, Variantes de una herida y La grieta en el espejo. Aparece en la antología de poesía centroamericana Deudas de sangre (2015), reunida por Magdiel Midence; varios de sus microrrelatos han sido publicados en la Antología iberoamericana de microcuento, compilada por Homero Carvalho (2017, Editorial Torre de papel).

Ni pena ni miedo 11 de octubre de 2020 Sebastián Arce
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Sebastián Arce Oses, escritor costarricense

Memo presencia un sueño horroroso: caminaba por las congestionadas calles de su barrio, entre banderas y vítores propios de la mayor fiesta de la democracia, es decir, unas votaciones, cuando de pronto se manifestó en el cielo una luz deslumbrante como un sol que se arrastrara hasta nuestro planeta como un gusano. Conforme la luz se expandía hasta alcanzar cualquier rincón imaginable, la gente se daba cuenta de que la luz era una especie de baba espesa y masiva que lo impregnaba todo. Sobre sus cabezas, el cielo se había convertido en el vientre verduzco de una babosa que derramaba su savia. Memo veía como las banderas y los vítores comenzaban a plastificarse, como si introdujeran a las personas en una resina que los momificara en rostros de espantosa sorpresa. Un colosal grumo se desprendió del cielo vientre y su trayectoria de luz se dirigía directamente hacia Memo, quien solo acató a llevarse las manos a la cara y gritar mientras sentía como la luz lo aplastaba por completo.

**************

Katia ha abierto de par en par la cortina y ahora Memo sabe que su misión es responder a su deber de empleado y ciudadano este domingo. Mira a Katia bañada y vestida, como si estuviera lista para salir a votar, si no fuera porque su corazón le ha aconsejado que se abstenga.  Memo hace sus necesidades y se baña, se viste con una camiseta que demuestre neutralidad y desayuna pinto con huevos y café. Besa a su esposa y a Luisito, el retoño de diez años que aun siendo tan pequeño da gracias a Dios por tener televisión por cable y librarse de mirar el día entero los comicios electorales.

Memo sale a votar convencido, o convencido, llega a votar a la escuela que funge como Junta receptora de votos. Se encuentra con Mariano, compañero y superior en el departamento en el que laboran para la planta instalada en la Zona Franca. Socarrón y bombeta, Mariano no para de vacilar sobre la estúpida determinación de votar por el No, al tiempo que mira a Memo a los ojos para inspeccionar su voluntad. Este lo mira fijamente, le sostiene el pulso hasta que se separan a buscar el recinto donde les toca votar según su apellido.

Memo muestra su cédula a los miembros de la mesa, se reconoce en el padrón que la presidenta controla y tras algunas firmas recibe una papeleta doblada. Camina hacia el recinto que consiste en un par de pupitres desvencijados y sobre ellos un cartón con los colores y el logo del Tribunal Electoral del país. Refugia su voto de las miradas de los presentes y se apresta para el gran momento.

Toma el crayón firmemente y lo lleva hacia la casilla del “No”. Pero se detiene: sabe que no puede arriesgarse, en la empresa ha habido charlas con especialistas y presidentes de cámara, encerronas con gerentes y accionistas, memorándums han circulado durante estos encendidos meses desde las oficinas prominentes del poder ejecutivo. Las plantas amenazan con marcharse si los resultados no son positivos. El presidente del país le ha prometido que tendrá un Mercedes Benz del año si se ratifica la negociación. Y Memo ya está cansado de estar enclavado en su sistema obsoleto, pero desconfía como nadie más de la parcialidad de los Tratados. Recuerda las consignas de su padre para defender las instituciones, los tiempos cuando estaba en el colegio y le daban permiso para asistir a las protestas. Los antimotines y gases lacrimógenos que poblaron el inicio del milenio. Vienen a su cabeza tantas imágenes, sentimientos encontrados, incertezas. Ya quisiera una opción tibia, un más o menos consentido, sin toda esta banalidad de corazones a medias que no saben complementarse.

Pero sabe que debe votar que sí, darle vía a este proceso democrático inusual, asegurar el futuro progresista de las instituciones, consolidar su propia postura siempre hacia adelante. Temblando, acerca el crayón hacia la casilla del Sí y marca una X sinuosa. Una gota de sudor fría y arbitraria le resbala por la frente. Ha cumplido con su labor como ciudadano, como padre responsable, como hombre ambicioso. Ha tomado partido en el desarrollo de su país, que se abra esta mierda, aunque nos culeen al principio. Por el bien de mi familia y mi trabajo. Pero no debe olvidar un último detalle: saca su celular y captura una foto que enseñar a Mariano y a los supervisores de la planta si se la solicitan…

Pero Memo olvidó poner en silencio su teléfono y por todo el salón retumba el eco de la fotografía. Se queda de una pieza, como si hubieran vertido pegamento sobre su cuerpo. Los miembros de la mesa electoral se percatan del delator y fraudulento sonido del celular y se vuelven a ver. El fiscal del Sí se ha quedado en blanco y desde su asiento mira al votante que se alista a seguir y que también ha sido testigo del chasco tecnológico. Lleva una camisa del Sí y contiene una risa que ya quisiera dejar estallar del todo: se imagina la bronca en la que se ha metido aquel amedrentado ciudadano en su refugio democrático. El fiscal del No está hablando por teléfono afuera del salón, luce excitado y de malas pulgas, pero no se ha enterado de nada de lo que está pasando adentro.

Memo sale del recinto como un fantasma destilando plasma, sus pasos son vacilantes como si supiera que ha delatado una culpa frente a sus verdugos. De un lado u otro podrían despedazarlo, tanto sus jefes al dejar en visto que controlaban los votos según sus intereses e influencia sobre sus empleados, como de los que pretenden el No, que señalarán su falta de carácter, dejarse manipular así por las fuerzas del miedo y el dinero.     

Se acerca a la mesa como si hubiera enfermado de una epidemia espantosa, su cara vuelta una máscara de contradicciones sin asumirse en aquella hedionda baba que solo él siente. Pero la presidenta de la mesa le sonríe maternalmente y, sin decir nada, le señala con mano amable la urna electoral, para que se anime a depositar el voto sin ninguna preocupación. Memo no puede creer lo que está sucediendo, sabe que la ha cagado en grande y que, si bien parece que le están dando paso libre para salir sin ninguna impugnación del evento, no todo estará bien. Su mano se torna endeble, como si el peso de una verdad divina del mundo moderno descompusiera su composición orgánica, lo dejara como una maleable evidencia del poder ejerciéndose sobre su cuerpo.

Al fin deja que sus descaradas emociones lo convenzan, toma control sobre sus actos y desliza la papeleta como una delgada babosa por la ranura de la caja. La baba del voto todavía la siente en sus dedos cuando da media vuelta y abandona el salón. Mira al fiscal del No hablando por teléfono afuera del salón. Descontento, iracundo, impotente, atrapado en una esfera de saliva negra como de tabaco, así el fiscal ni siquiera se percata del votante que corre agitado por los pasillos.

Memo no espera a Mariano, quien en este justo momento deja caer su papeleta en la ranura. Esta imagen comienza a circular incansablemente por la cabeza de Memo, miles de votantes iluminados desde el cielo por la gran Babosa, resbalando su voto para salvar su destino, al tiempo que todo comienza a volverse turbio y pegajoso, un espectral escenario en el que la decisión de las personas comienza a pegarse a la realidad sin capacidad de huir.

Cuando Memo llega a su casa, lo recibe un indiferente Luisito echado en el sillón de la sala, quien no mira a su padre recién llegado sino más bien una repetición del reality show The apprentice. El niño que se forma con la televisión como guía, se ríe cruel, a carcajadas, cuando un furibundo Trump despide a uno de los aprendices. Memo se acerca y posa su mano sobre el niño, al tiempo que se percata, ya sin sorpresa o más bien con resignación, que la cabeza de su hijo se ha transfigurado en una babosa que mira, encapsuladas en la pantalla, las babas del futuro. 

 

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