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Conferencia: "Ética ambiental: un retorno a la compasión"

Junto al video de la conferencia, usted encontrará el ensayo redactado por el MSc. Sebastián Miranda Brenes para impartirla.

Charlas y Conferencias 15 de mayo de 2020 Sebastián Miranda

Ética ambiental: un retorno a la compasión

Autor: MSc. Sebastián Miranda Brenes

Desde finales de los años 40, un ingeniero forestal, Aldo Leopold, escribió un libro pionero llamado La Ética de la Tierra, donde señala que es necesario que la humanidad entienda que es un miembro de una comunidad cuyas partes son interdependientes; y que debemos ampliar nuestra ética para incluir al suelo, al aire, al agua, a los plantas y a los animales. 

Sin embargo, aún setenta años después, seguimos haciendo un llamado, cada vez más urgente, para acoger de forma radical lo propuesto por Leopold.

De forma más contemporánea, el filósofo español Jesús Mosterín en su libro el Triunfo de la compasión, tema que nos convoca el día de hoy, no dice que: “una ética a la altura de nuestro tiempo no puede ignorar el resto de la biosfera y no puede dejar de lado los intereses de los otros animales…” 

Entendiendo como ética al intento filosófico de iluminar racionalmente el proceso de deliberación moral, o sea de la forma en cómo concebimos lo bueno o lo malo, lo correcto o lo incorrecto.

Durante este periodo, han sobresalido gran cantidad de movimientos, agrupaciones y personas que asumen el reto de manera intensa y que apuestan por hacer un trabajo en la protección y conservación del ambiente, que luchan por los derechos de la naturaleza y de los animales, que crean organizaciones comunales, gubernamentales y no gubernamentales para hacerle frente a la crisis climática catalizada por el modelo imperante. Sin embargo, estos esfuerzos son en su mayoría aislados, pues el grueso de la población, aun sabiendo la necesidad de hacer un cambio, decide día a día mantenerse dentro de un estilo de vida suicida y ambientalmente destructivo.

Pero es necesario señalar que no toda la responsabilidad de esto recae sobre las personas, aunque haya una gran cuota individual, vivimos dentro de un sistema audaz, que ha acondicionado los sistemas educativos, que ha impuesto estilos de vida y criterios de éxito que alimentan un imaginario social de bienestar; sustentado en la adquisición de bienes. Además, de su astucia, este sistema en el que nos encontramos inmersos se adapta rápidamente a los cambios sociales, absorbe los contra-movimientos y logra mantenerse vigente. Este modelo, el filósofo coreano Byung Chul Han lo describe en su libro Psicopolítica, de la siguiente manera:

 “El neoliberalismo [aunque se puede señalar mejor al capitalismo], es un sistema muy eficiente, incluso inteligente, para explotar [hasta] la libertad.”

No obstante, ahora que estamos en una situación crítica a causa de esta pandemia, el modelo capitalista ha quedado en evidencia y ha sido fuertemente golpeado, pues el mercado global entró en una pausa, que ha tenido serias consecuencias en la economía planetaria, dándonos una ventana para reflexionar de cómo nuestra especie puede hacer una transformación cultural; que nos permita abandonar un estilo de vida basado en el consumir y el tirar (cultura de lo desechable), que se sustenta en principios nefastos, y volver a adoptar una cosmovisión que ha estado presente durante décadas, siglos y milenios, pero que durante mucho tiempo le hemos dado la espalda. Así, que es hora de asumir un compromiso profundo e implantar el ecologismo como una actitud moral. 


Del androcentrismo al biocentrismo

Como ya he señalado en artículos anteriores, la cultura occidental se cimienta en cuatro pilares: el judeocristianismo, el positivismo, el capitalismo y el patriarcado. 

Partiendo del esquema anterior, se concluye que nuestra cultura se sustenta en una cosmovisión dominada por lo que se conoce como el antropocentrismo, considerando que todo gira en función de lo humano, aunque muchas feministas, bien señalan, que realmente se trata de un androcentrismo, pues todo gira en función del hombre. 

Ya sea por una justificación religiosa, filosófica o pseudocientífica, esta idea posiciona al humano o al hombre como el ser superior, y que como expone Noah Harari en su libro De animales a dioses, hemos sido una especie que durante mucho tiempo ha preferido considerarse separada de los animales, negando rotundamente nuestra animalidad hasta hoy en día y sintiéndonos, comúnmente, ajenos a la naturaleza.

Dicha visión ha tenido una fuerte consecuencia sobre en el ambiente, pues conllevó a despojarnos del valor sagrado de la naturaleza, para darle un valor utilitario, viéndola como una cosa o mercancía que está disponible únicamente para satisfacer nuestras necesidades, y aquello que no nos sirve puede desaparecer sin que nos represente un problema. Esta situación es muy negativa desde dos puntos de vista, el primero es que consideramos al humano como el único ser que tiene necesidades, y nos negamos a reconocer que los otros seres que conviven con nosotros también tienen necesidades, lo que provoca considerarlos dentro de una zona del no ser, que el filósofo Frantz Fanón explicaba. Así que es común hasta dentro de las discusiones ambientales, hablar únicamente de cómo afecta la disponibilidad de ciertos recursos a la humanidad, y pocas veces, dentro de estos debates se incluyen a animales y plantas, quedando en evidencia nuestra estrecha visión antropocéntrica.

Por otra parte, el predominio de esta forma de interpretar el mundo se intensificó con el capitalismo, pues su concepción productivista de acumular riqueza para generar bienestar particular, considera a la naturaleza como una simple fuente de recursos o de materia prima, que nos ha llevado a justificar su sobreexplotación para mantener la dinámica actual de hiperproducción y de hiperconsumo.

Las consecuencias de lo anterior, ya para todos y todas son conocidas, por lo que solo cabe mencionar algunas: la deforestación, la escasez de agua apta para consumo, la contaminación del agua, el aire, el suelo y el espacio, así como el calentamiento global, que nos ha conducido a ser las primeras generaciones en vivir los efectos de la crisis climática que por muchos décadas también se habían anunciado, y que de forma determinante conllevaron a que marcáramos una era geológica, llamada por Paul Crutzen (premio Nobel de química del 2000) como el Antropoceno.

Ante este escenario hay que insistir en promover un cambio social radical que desemboque en la transformación de los cimientos culturales antes mencionados. Un cambio que nos conduzca a abandonar el antropocentrismo, y terminar con el mundo como lo conocemos, con el fin de retornar a una cosmovisión, que ya Aldo Leopold mencionaba hace más de setenta años, y que poco a poco, de forma muy lenta, ha ido tomando fuerza, dicha visión se conoce como Biocéntrismo y se caracteriza por ser una forma de interpretar el mundo; en la cual nuestra especie se considera como parte de la naturaleza y siente la necesidad de vivir de forma equilibrada con el ambiente, colocando a la vida en el centro de todo.

Este cambio de paradigma ha sido también trabajado desde hace mucho tiempo por distintos autores, que han cuestionado fuertemente el carácter despótico del hombre, y han promovido que consideremos entre nuestras preocupaciones éticas la necesidad de dar respuesta a los problemas de la naturaleza y de rechazar la valoración puramente económica del ambiente.

La visión biocéntrica se puede sustentar en dos ideas que Leopold exponía en su Ética de la Tierra, la primera es considerar a la Tierra como una comunidad de entidades vivas. Dicha propuesta ha sido retomada por escritores como: Fritjof Capra, Leonardo Boff y el mismo Papa Francisco, que han fomentado la percepción de que los humanos formamos parte de la Comunidad de la Vida, y habitamos en una Casa Común. 

La otra idea leopoldiana es considerar a la Tierra como un ente o un ser digno de amar y respetar. En este punto es necesario abordar lo anterior lejos de cualquier idea romántica que tengamos del amor. Por el contrario, resulta indispensable resignificar esa palabra, volver a darle un contenido profundo, para que se vuelva uno de nuestros principios éticos fundamentales. Pues es a través del amor donde nuestras interacciones legitiman al Otro en la convivencia, según menciona Humberto Maturana en su libro Emociones y Lenguaje. Esto quiere decir, que la Otredad debe ser otro de los principios fundamentales de la ética ambiental, pues nos hace reconocer a aquel que no soy yo como un sujeto de derecho. Además, se debe de entender el amor no como un sentimiento, sino como una disciplina que se perfecciona día a día, como señala Erich Fromm en su libro el Arte de Amar.   

La naturaleza como Otro: reconstituirla de lo sagrado

Teniendo claro la definición de otredad, dentro de la visión biocéntrica la naturaleza es valorada como Otra, y dentro de la ética ambiental se considera con un sujeto de derecho. 

Sin embargo, para argumentar este punto es necesario hacer hincapié algunos aspectos:

Partiendo de la premisa que Jesús Mosterín nos da en su libro el Triunfo de la compasión, en donde explica que estar emparentado con alguien significa compartir con él ancestros comunes, a estas alturas de nuestra vida no es imposible negar nuestro vínculo con la naturaleza y con el resto del universo. Aunque este punto se podría abordar extensamente, en esta reflexión será mencionan dos ideas para sustentarlo de forma sintética. La primera es que hay suficiente evidencia para demostrar que todo tiene un origen común universal; conocido como la teoría del Big Bang, y la segunda es que toda la vida en el planeta se originó con un organismo unicelular, con el que compartimos una historia evolutiva.

Al reconocer a la naturaleza como Otra, se debe evitar cualquier intento romántico de antropomorfizarla, como comúnmente nuestras culturas han hecho con sus dioses. En palabras más simples, es necesario evitar huminazarla y aceptarla como un ser que tiene su propia forma de manifestar la vida distinta a la nuestra; y
Al reconocer a la naturaleza como Otra, hay que comprenderla como un ser sin agencia moral, como explica Emanuel Campos filósofo costarricense, que se diferencia de los humanos, que si tenemos. Lo que nos permite otorgarles a ella una serie de derechos para garantizarle su bienestar y una buena calidad de vida, sin exigirles obligaciones o deberes, pues como indica Peter Singer en su libro Liberación animal: “el derecho a la igualdad no depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física u otros factores similares”.
Pero además de lo anterior, y recurriendo a uno de los principios básicos del humanismo y de otras religiones que consideran a la vida como sagrada, dentro de la ética ambiental podemos reconsiderar a la naturaleza como sagrada también, pues sin afán de diosificarla, no podemos negar que este ser vivo es un sistema complejo que garantiza la vida de nuestra especie y de todas las otras que conviven con nosotros, lo que nos permite valorarla como un ente vital y abandonar la idea utilitaria que le hemos dado con el antropocentrismo y el capitalismo.

La compasión como otro pilar de la ética ambiental

Cuando se retoma el amor y la otredad dentro de la ética ambiental, conduce a que se retome una de las virtudes innatas más nobles del ser humano, como Charles Darwin denominaba para referirse a la compasión. 

Como explica Mosterín, esta se basa en que los humanos al tener la experiencia propia del sufrimiento, nos permite ponernos imaginativamente en el lugar de otras criaturas que padecen; y padecer con ellas, siendo, para David Hume una emoción moral básica, como la gratitud, la ternura o el arrepentimiento, que se despierta desde la empatía, que es la base de la conciencia social según señala Daniel Goleman en su libro Inteligencia emocional.

Sin embargo, la compasión aun siendo una capacidad congénita, puede ser suprimida gradualmente, según las relaciones socioafectivas en nuestra formación personal. Esto quiere decir, que podemos dejar de ser compasivos, o nuestra compasión puede ser selectiva, según el aprendizaje que tengamos sobre el valor de los otros.

Por lo tanto, nuestro grado de compasión puede estar relacionado con nuestro contexto cultural y nuestro modelo socioeconómico, que nos puede condicionar a quienes podemos mostrar nuestra compasión y a quienes no.

Por ejemplo, al analizar el sistema vigente encontramos prácticas de dominación sustentadas en el sexismo, el racismo, la explotación según la clase social y la devastación ambiental, como menciona Sheila Collins, activista estadounidense, que violenta constantemente a otros humanos como mujeres, negros, pobres, niños, migrantes, población sexualmente diversa, entre otras, y a otros no humanos como: animales, bosques o ecosistemas completos, a quienes no se les muestra ninguna compasión cuando se maltratan, violan, asesinan o destruyen. 

En algunas formas de ecologismo, y principalmente dentro del capitalismo verde, que se basa en el desarrollo sostenible, estas formas de expresión de odio sustentan lo que se conoce como: ecofascismos.

Un término utilizado para llamar a aquellos movimientos pseudoecologistas, sustentados en un atropocentrismo radical, que promueve, abierta o subliminalmente, la necesidad de despoblar el planeta, o sea, la necesidad de realizar un genocidio, para garantizar a una élite los recursos naturales necesarios para asegurar su permanencia en el planeta sin perder su estatus. Además, los ecofascimos justifican la matanza masiva de especies, principalmente de animales, para asegurar la supuesta alimentación de la humanidad, aunque en el fondo, lo que se busca es garantizar mantener activo un mercado global de alimentos, medicamentos y otros insumos.

Es por esto, que el biocéntrismo pretende alejarse de todo ecofascismo, y propone que retornemos a la compasión como otro de nuestros principios éticos fundamentales, pues todos somos capaces de reconocer el dolor de los animales (humanos y no humanos); y su capacidad de sufrir los hace sujetos de consideración moral. 

Lo anterior es precepto milenario que el budismo y jainismo establecían con la Ahimsa o como se conoce en español como la no violencia, con el que rechazaban los sacrificios de animales, la pena de muerte y la guerra. Pues la violencia implica el uso de la fuerza intencional para obtener la lesión o la muerte del otro, lo que puede conducir a la crueldad (pasiva o activa), que se entiende como aquel maltrato intencional de una criatura sensible, provocándole, alargándole e incrementándole el dolor deliberadamente, o sea en un ética ambiental basada en la compasión no tiene cabida la tortura, pues no existiría la intensión de hacer sufrir, y se tendría plena consciencia que los animales y la naturaleza nos pueden enseñar amar abiertamente, como expone la ecologista Annie Frelich. 

Nuestra dieta como una opción más de resistencia

Dentro de esta ética ambiental, se pueden mencionar montones de iniciativas que se han venido gestando para impulsar una cultura ambiental y una transformación de nuestra economía. 

Hasta la actualidad, la tendencia ha sido promover estrategias moderadas que no han significado un cambio relevante, y nos han conducido a una crisis planetaria. Es por esto, que el biocentrismo y la ecología profunda nos invita a tomar medidas más radicales, pues como lo plantean las prospecciones científicas, nuestro tiempo en el planeta se acorta de forma significativa si no hacemos cambios más drásticos. 

Se pueden mencionar medidas necesarias, aunque ya se han vuelto lugares comunes, como el ahorro de agua, el ahorro energético, el consumo responsable, el reciclaje, y muchos otros, que por años se han venido trabajando dentro de la educación ambiental.

Pero, desde el amor, la otredad y la compasión, podemos abordar una transformación, que tiene un efecto directo y significativo en nuestro impacto ambiental, en relación a nuestra dieta. 

Acá es un tema incómodo y molesto para muchas personas, pues hay un apego muy ligado al placer, con el consumo de animales no humanos. Sin embargo, está más que demostrado que nuestra huella ecológica y nuestro impacto ambiental es menor cuando se reduce o se abandona el consumo de carne.

Este tema, se puede abordar desde punto de vistas técnicos, como la reducción que implica este cambio de hábito en la preservación del recurso hídrico, o en el cambio climático o en la deforestación y desertificación de terrenos.     

No obstante, en este artículo se apelan a razones estrictamente morales sustentadas en la compasión para desmontar nuestro especismo, partiendo de una simple pregunta: ¿puede sufrir?, pues la capacidad de sufrir es suficiente para que podamos decir que un ser tiene interés, aunque sea mínimo, en no sufrir, o sea si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en cuenta este sufrimiento, como Peter Singer expone en su libro Liberación animal.

Además, si lo abordamos desde los efectos del ecofascimo, actualmente la ganadería industrial es responsable de más dolor y desdicha que todas las guerras de la historia juntas, y no hay validez alguna en justificar nuestro hábito alimenticio en una tradición o cultura, pues como Mosterín recalca: la tradición no justifica nada, no es una justificación ética de nada y la cultura no es una realidad estática, así que podemos transformarla.

Está de más volver a señalar el momento histórico que nos encontramos viviendo, pero tenemos la posibilidad de terminar con el mundo como lo conocíamos y comenzar a construir una cosmovisión distinta, que puede basarse en el biocéntrismo, que se sostiene en una ética ambiental fundamentada en el amor, en la otredad y en la compasión. 

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Modo de citado:

Miranda Brenes, S. (2020). Ética Ambiental: un retorno a la compasión. Heredia, Costa Rica: Cátedra Virtual Autónoma de Filosofía Política. Recuperado de: https://masalladelacortina.com/contenido/676/conferencia-etica-ambiental-un-retorno-a-la-compasion

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